viernes, 9 de enero de 2009

Ángeles silenciosos



Athalie adoraba contemplar aquellos ojos pétreos bajo la luz mortecina de un candil...

Tras el recuerdo de las ciénagas lóbregas, el caballero de semblante demacrado dejó fluir los años, para que brotase en su mente el recuerdo de Athalie, la princesa rumana de sus antepasados. De ella aprendió el lenguaje de los violines, la imaginación desbordada en tumultos de inspiración artística y el amor a la vida.

En su caminar constante de corazón idealista, sendas de lápidas se abrían siempre ante ella, la mirada de los yacientes tras epitafios desamparados y el son de la brisa entre la extrema languidez de los árboles del bosque.

Gareth imaginó recorrer la textura rugosa de la piedra con sus dedos, y fue entonces cuando comprendió aquella extraña pasión de Athalie por su idílico ángel de piedra.

Y es que aquella sonrisa hilvanada en dulces comisuras y aquellas alas rotas por el paso del tiempo embelesaron por completo desde su niñez a la joven princesa, que compartió su inocencia entre las sombras de la urbe funeraria.

Tanto llegó a amar a aquel querubín inerte que, con el paso del tiempo, nació en ella el deseo de esculpir expresiones talladas, de reconstruir sus alas hechas pedazos y de tocar música para él con las rítmicas notas de un violín carmesí. Todo para intentar dotar de vida al ser pétreo que eclipsó su corazón.

El oscuro galán la espió en sus delirios artísticos durante años, y una noche se hizo presente ante ella y compartió sus inspiraciones, bajo la mirada atenta del ser alado. Gareth escuchó a la joven dama, que se sumergió en su imaginación enamoradiza, y le preguntó cómo podría dar vida a tan sublime ángel silencioso. Pero sólo respetó su inocencia unos instantes...y el vampiro voló, saciado para siempre, batiendo sus alas membranosas y dejando atrás a la niña moribunda, mortalmente bella a los pies de la escultura estática.

Desde entonces hasta hoy, la dulce muchacha vislumbra su rostro al anochecer, y es en un castillo lejano donde atraviesa cientos de muros imponentes o donde entona sus cantos, en el silencio de los corredores de la gran fortaleza. Entre las telarañas de su pasado rememora el rostro de todas aquellas damas retratadas de lánguida mirada, la frialdad enmarcada de antiguos caballeros o el refulgente esplendor de las armaduras plateadas. Gareth siempre supo que, incluso después de muerta, ella retornaría a sus pasiones antiguas, recreando sus dones musicales y paseándose invisible cuando todos duermen.

Hace siglos que su dormitar es custodiado por un bello querubín marmóreo, cuyas frías alas rompen su vestido cuando despierta contemplando el paso de las estaciones.

El ángel risueño susurra su nombre en temblor rítmico, y ella por fin se siente tan muerta como él.

Hace años que contrajeron nupcias, y en la fría yugular del amado liba la sangre ensoñada, sumiéndose en su fantasía sonámbula...

Gareth miró por unos instantes las gárgolas de mirada horrenda, que se alzaban impetuosas controlando el horizonte. La doncella blanca dejó sus marcas entre las garras de cal y moho, desvencijadas, en cuya superficie rugosa clavó hace años las uñas en busca de vida, mucho antes de comenzar su deambular hacia la senda del castillo.

Cual triple perdida en la memoria, continuará sus melodías y cantos paganos entre los muros de un salón cubierto de polvo, allí, en los pasillos inundados de olvidados antepasados y armaduras oxidadas. Y jamás perderá el apego por su don artístico. Es más, danzará eternamente entre la hierba provista de su viejo violín bermejo, tocando música para su amante pétreo. La princesa de los cuentos de hadas existe, como si fuera fuego fatuo en la realidad de aquel camposanto. Mas ningún príncipe necrófago volvió a visitarla jamás. Ninguno besó la mortandad de sus restos para resucitar su cuerpo esparcido entre la hojarasca.

Su padre oscuro nunca la olvida...su hija será la luz que guiará en su caminar a todas las niñas que murieron a manos de malvadas madrastras, a todas las brujas que en su desdicha ardieron tras ser juzgadas.

Ella es el espectro del castillo, bella y eterna por siempre jamás...

Alba

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